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sábado, 13 de septiembre de 2014

Ataúd Martinolli y los marginales

Vislumbré a Ataúd Martinolli a finales de la década de los ochenta. Fue, literalmente, el primer poeta de carne y hueso que conocí. Por su andar, vestimenta desgastada y mediana cabellera tostada, mi primera impresión fue que tenía frente a mí a un albañil. Nada había en él de cierto y preconcebido. Antes para mí la poesía era un asunto de libros y lecciones escolares. Hoy, he de reconocer, lo sigue siendo; pero con un sesgo de indeterminación.

Ataúd Martinolli representa una casta de poetas difíciles de clasificar. Para algunos es un necio, para otros un perdedor. Desde siempre se ha negado a participar en antologías; una y otra vez ha rechazado ediciones en editoriales “institucionalizadas” u “oficiales”, incluso en las mal nombradas “independientes”. Para asombro de muchos (incluidos, imagino —mal pensado como soy—, esposa e hijos) se ha negado a utilizar teléfono, internet y todos los imprescindibles dispositivos de la ultramodernidad. Y no me refiero sólo al celular, sino al otro, al fijo que ya nos parece de cavernícolas. El no uso de esos “intermediarios” remarca su hosca prescindibilidad. Su terquedad termina por subrayar nuestra necedad.

Pocos poetas de Guanatos reúnen en sí tanta congruencia estética como Ataúd Martinolli. Una congruencia que algunas veces intimida y molesta. Intimida porque se levanta a contracorriente de la legitimidad poética construida durante los últimos decenios. Molesta porque hace recordar lo patético que los escritores solemos ser para buscar obsesivamente los halagos, las portadas de los periódicos, los premios, las caricias. Conozco poetas serviles a más no poder. Es un servilismo contagioso, que nos penetra como la humedad y, sin darnos cuenta, terminamos por ser sus hijos —hijastros, al final ninguneados—. Si algo demuestra la historia de la literatura es que nada está escrito y sus juicios son terribles: desconsoladores para los ingenuos, injustos para los desdichados.

¿Cómo juzgar lo que se nos escapa por los orificios de un esteticismo vacío e hinchado? ¿Cómo evitar tergiversar la diferencia desde un purismo trasnochado y retórico del que seguimos siendo herederos? Yo mismo he defendido la tradición poética de la invasión de los nuevos bárbaros (internautas, facebookeros, bloggeros, rockeros, periodistas, promotores culturales y resentidos de todo tipo); pero frente a una poesía anclada en lo oral y lo contingente mis referentes tienden a estallar.

Por momentos Ataúd Martinolli me parece inconstante, por momentos quisiera que publique más. Aquí y allá encuentro versos brillantes, aquí y allá encuentro versos apresurados. Pero el propio poeta ha asumido con entusiasmo las derrotas. No es sólo un subterfugio verbal. No lo puede ser después de tantos años. Basta compararlo con sus colegas de la misma generación. Han devenido burócratas universitarios, poetas de recetas y temáticas escolares, algunos engolosinados en la frivolidad de un humor insulso. Grises en su brillantez universitaria —poéticamente parasitaria—.

Quizá por eso se siente a gusto con todos los marginales de la sociedad: Putas, sodomitas, drogadictos, borrachos, empleados frustrados, lumpen, apátridas, inmigrantes centroamericanos, mojados, chavos banda, etc.


Ataúd Martinolli representa lo otro en la poesía. Es —sin proponérselo— la conciencia que nos acusa —me acusa—. Con Martinolli me doy cuenta que no estoy seguro de mis argumentos y defensas. No estoy seguro de lo poético de un poema. No estoy seguro de que a través de mí no terminen de hablar todos los residuos contra los que siempre he luchado.

Por Enrique G. Gallegos

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