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martes, 18 de marzo de 2014

Guadaña

Ruidos violentos
a los pies de tus aposentos.
No puedes describir tales sonidos.
Renace el temor a los gemidos.

Por las noches, esas lenguas extrañas,
como desenterradas, las sábanas pesadas, la inmovilización.
Tu esposa en cama contigo, aterrada.
Un niño sentado en el filo de la cama
dibujando una crucifixión.

No te explicas las visiones, las voces, similares a un distorsionado acetato,
las malditas apariciones, el retrato
de una familia en su vejez
escondido en la vieja habitación.

Las sombras que recorren
de vez en vez, la pestilencia.
Los estigmas y susurros
que te enchinan la piel.
 
Algo malévolo recorre tu habitación,
como la vez que soñaste tu velorio.
Al despertar; las velas por doquier
en el dormitorio…

Quieres creer que es pura sugestión;
pero la señora caminando en el pasillo
no fue producto de tu imaginación.

Reaccionas y abandonas esa casa
que a la ruina conducía tu felicidad.
Buscas un mejor lugar
en donde pueda crecer tu hija…

En el kilómetro cuarenta y tres,
el susurro en el oído es insoportable.
Del ambiente se apodera el estrés.
En el asiento trasero, al lado de tu hija,
una tabla ouija…

Inexplicable tal suceso.
La neblina en el camino
dificulta tu manejo.

Miras por el espejo,
mera precaución.
Allí estaba sentada, una señora de mueca grotesca que
con la mano te dice adiós.

Los nervios destrozados,
el camino invisible.
¡Hazlo! ¡Hazlo! Dice el sonido.
Sólo para ti es audible.

Un fuerte estruendo.
Pierdes la noción.
Al despertar,
observas con horror
los cuerpos marchitos de tu familia,
de la pequeña Emilia…

Es hora de marcharnos,
dice la señora, cargando su guadaña,
ahora soy yo, la dueña de tu alma.

Por Christian García

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