Entrada destacada

Negros pétalos de terciopelo

Ella era una tranquila y limpia sala de espera, soleados días y horribles padres. Ella era una muñequita, un zafiro, una delicada rosa ...

viernes, 31 de enero de 2014

Amparo Dávila, Enigmática Y Oscura

Enigmática, oscura y, a mi gusto, original, así es como considero la literatura de Amparo Dávila quien logró cautivarme hace algunos años cuando leyendo un libro de texto de la escuela me encontré con uno de sus cuentos: Alta cocina. No había leído algo tan extraño e intrigante, al finalizar sus páginas no quedaba más que el desconcierto, el miedo y la curiosidad sobre todo, esta misma curiosidad me llevó a investigar sobre la vida de la escritora y conocer sus demás publicaciones.

Nació en Pinos, Zacatecas, un pueblo minero, en 1928. Pasó gran parte de su vida en San Luis Potosí, donde publicó sus primeras obras literarias entre las que se encuentran los poemarios Salmos bajo la luna (1959) y Meditaciones a la orilla del sueño (1954). Cinco años más tarde apareció su primer libro de cuentos, Tiempo destrozado (1959), al que le siguió Música concreta (1964). En 1966 recibió la beca del Centro Mexicano de Escritores y en 1977 su libro Árboles petrificados fue ganador del premio Xavier Villaurrutia. Sus tres libros de cuentos fueron publicados en el Fondo de Cultura Económica (FCE) y en el 2007 conformaron un sólo libro al que agregaron otro más: Con los ojos abiertos. El título de esta publicación unificadora es Cuentos reunidos, también publicada en el FCE.

En la mayoría de sus cuentos experimenté la misma sensación que en Alta cocina, salvo uno que ante todo me dejó confundida. El patio cuadrado es de esas historias que tienes que leer varias veces a fin de entenderlas un poco, y cuando crees entenderlas, te das cuenta que eso que has armado es aún más confuso que el mismo cuento. Te encuentras con símbolos esotéricos y algo de cosmología.

Esta es una recomendación literaria para todos aquellos que gusten leer la obra de la nombrada Maestra del Cuento.
 
Comparto con ustedes una de sus narraciones más cortas.


Alta cocina
Amparo Dávila
 
Cuando oigo la lluvia golpear en las ventanas vuelvo a escuchar sus gritos. Aquellos gritos que se me pegaban a la piel como si fueran ventosas. Subían de tono a medida que la olla se calentaba y el agua empezaba a hervir. También veo sus ojos, unas pequeñas cuentas negras que se les salían de las órbitas cuando se estaban cociendo.

Nacían en tiempo de lluvia, en las huertas. Escondidos entre las hojas, adheridos a los tallos, o entre la hierba húmeda. De allí los arrancaban para venderlos, y los vendían bien caros. A tres por cinco centavos regularmente y, cuando había muchos, a quince centavos la docena.

En mi casa se compraban dos pesos cada semana, por ser el platillo obligado de los domingos y, con más frecuencia, si había invitados a comer. Con este guiso mi familia agasajaba a las visitas distinguidas o a las muy apreciadas. "No se pueden comer mejor preparados en ningún otro sitio", solía decir mi madre, llena de orgullo, cuando elogiaban el platillo.

Recuerdo la sombría cocina y la olla donde los cocinaban, preparada y curtida por un viejo cocinero francés; la cuchara de madera muy oscurecida por el uso y a la cocinera, gorda, despiadada, implacable ante el dolor. Aquellos gritos desgarradores no la conmovían, seguía atizando el fogón, soplando las brasas como si nada pasara. Desde mi cuarto del desván los oía chillar. Siempre llovía. Sus gritos llegaban mezclados con el ruido de la lluvia. No morían pronto. Su agonía se prolongaba interminablemente. Yo pasaba todo ese tiempo encerrado en mi cuarto con la almohada sobre la cabeza, pero aun así los oía. Cuando despertaba, a medianoche, volvía a escucharlos. Nunca supe si aún estaban vivos, o si sus gritos se habían quedado dentro de mí, en mi cabeza, en mis oídos, fuera y dentro, martillando, desgarrando todo mi ser.

A veces veía cientos de pequeños ojos pegados al cristal goteante de las ventanas. Cientos de ojos redondos y negros. Ojos brillantes, húmedos de llanto, que imploraban misericordia. Pero no había misericordia en aquella casa. Nadie se conmovía ante aquella crueldad. Sus ojos y sus gritos me seguían y, me siguen aún, a todas partes.

Algunas veces me mandaron a comprarlos; yo siempre regresaba sin ellos asegurando que no había encontrado nada. Un día sospecharon de mí y nunca más fui enviado. Iba entonces la cocinera. Ella volvía con la cubeta llena, yo la miraba con el desprecio con que se puede mirar al más cruel verdugo, ella fruncía la chata nariz y soplaba desdeñosa.

Su preparación resultaba ser una cosa muy complicada y tomaba tiempo. Primero los colocaba en un cajón con pasto y les daban una hierba rara que ellos comían, al parecer con mucho agrado, y que les servía de purgante. Allí pasaban un día. Al siguiente los bañaban cuidadosamente para no lastimarlos, los secaban y los metían en la olla llena de agua fría, hierbas de olor y especias, vinagre y sal.

Cuando el agua se iba calentando empezaban a chillar, a chillar, a chillar... Chillaban a veces como niños recién nacidos, como ratones aplastados, como murciélagos, como gatos estrangulados, como mujeres histéricas...

Aquella vez, la última que estuve en mi casa, el banquete fue largo y paladeado.


Este cuento se publicó en su primer libro de cuentos Tiempo destrozado (1959).

Por Laura Ochoa

No hay comentarios.:

Publicar un comentario