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viernes, 21 de noviembre de 2014

La Metrópoli

–¡Abuelo, cuéntanos la historia de la Metrópoli!
–No.
–¡Por favor, abuelo!
–He dicho que no.
–¡Por favor!
–Está bien.

Aunque no hay mucho que pudiéramos, mejor dicho, que quisiéramos, por más que rascáramos, rescatar de esa historia. Francamente es inservible y triste escarbar en los escombros de la antigua y monumental metrópoli.

La recuerdo bien, su centro con esa arquitectura de principios de siglo, reconstruida con ciertos tintes de esta era minimalista. El corazón de la ciudad iba a la vanguardia con otros países de la misma calaña para los ojos extranjeros. Ciertamente nunca se pudo desenmascarar su lado obscuro, mostrar lo siniestros que guardaban sus calles, ni siquiera aflojar un tornillo de la gran máquina malévola que habían creado. Así tenía que ser, así tenía que lucir, no había que dar pie a sospechas o críticas desfavorecedoras ante las potencias mundiales que podían arrebatarles, con un sólo dedo, todo lo que tenían. Con más terreno recorrido, más zonas controladas y vigiladas, más armas, más inversión en conocimientos y tecnologías, en otras palabras, con más poder, era mejor tenerlos de aliados y no de enemigos.

–¿Aún existe la gran Metrópoli, abuelo?
–Es de donde escapamos, Leonor. Allí nacieron ustedes; pero nunca podremos volver...
–Pero, ¡sólo eran ruinas y cenizas! ¡Montañas de basura y cientos y cientos de hogares abandonados y destruidos, abuelo!
–Dice la pequeña María.
–¡Parece increíble!, pero es verdad. Y toda esta destrucción sucedió en menos de 6 meses...

Todo comenzó en el sector poniente de la ciudad. Se reforzó la vigilancia en toda la zona, se aisló todo el terreno, tarea fácil cuando tienes el control absoluto. Mediante farsas, se ocultó el verdadero plan, con bombardeos subliminales y basura televisiva, a las mentes ya muy dóciles después de tantos años bajo sumisión y tortura visual. Llevaron tecnologías de punta a ese sector.
–¿Para qué eran las tecnologías, abuelo?
–Pregunta Leonor.

La gran campaña en radio, prensa y televisión, anunciaba que sería la nueva era, “la renovación de la metrópoli”, e iniciaba en ese sector. Nadie sospechó. Nadie que pudiera realizar algo que perjudicara el proyecto. Instalaron todo el equipo. Monitores, bocinas y cámaras ocultas. Llenaron de uniformes militares todo el territorio. Eliminaron del mapa y ocultaron toda ruta de acceso a esa zona, regaron en el viento su droga. Analizaron cada minuto de las cintas, cada comportamiento, reacciones, efectos secundarios, todo. Siguieron a pie de la letra el manual.
 
–¿Hacían experimentos? ¿Con quién? ¿Por qué? ¿Para qué, abuelito? –Pregunta consternada María.
–Lo hicieron con todas las personas que habitaban el sector. ¿Por qué? Fácil. Se aproximaba la guerra.

La droga afectaba directamente la motricidad del cuerpo, ocasionando, según la dosis, reacciones que podían variar entre una total inmovilización, descoordinación y falta de control en las extremidades, hasta daños cerebrales permanentes e irremediables, e incluso la muerte. Algo parecido a la epidemia de baile de 1518, ¿recuerdan cuando les platique de la Epidemia del baile?

–¡Sí! ¡La gente se movía hacia así!
–Y comienza a bailar chuscamente la pequeña María, provocando la risa del abuelo y de Leonor.
–¡Tsss! Recuerda que nos debemos de hacer ruido, Mary –comenta serio el abuelo.

¿En qué me quedé? ¡Ah!, ya recuerdo. Las reacciones iban aumentando gradualmente en duración y proximidad entre un ataque y otro. La intención era poseer un arma biológica capaz de afectar la reacción corporal, creando una traba en la movilidad, similar a la parálisis; pero sin necesidad de tener contacto directo con el enemigo, bastaba con inhalarlo.

–Nosotros no morimos, abuelo. ¿Por qué?

–Su abuela trabajaba en la enfermería del instituto nacional metropolitano, que controlaba y analizaba directamente el proyecto. Marian, yo y un grupo de amistades, enterados de la situación, no podíamos quedarnos con los brazos cruzados.

Sacaba información del plan, documentos importantes donde se explicaba cruelmente la intención del mismo, incluso consiguió el antídoto. Lamentablemente fue descubierta...
–se le quiebra la voz al abuelo; pero respira hondo y prosigue–. Por eso nos escondemos niñas, aquí estamos a salvo.

–¿Vamos a morir, abuelo?
–Pregunta seriamente Leonor.
–Aquí estamos a salvo, corazón, no dejaré que les pase nad...
–¿Por qué inició la guerra, abuelo?
–Pregunta e interrumpe al abuelo, María, como si no creyera lo que decía.
–La Gran Muralla, nuestro país vecino fronterizo, tenía firmes intenciones de crecer su imperio y territorio. Una preocupación latente como herida a flor de piel, los tenía seriamente ocupados en obtener mayores riquezas culturales, materiales y territoriales.

Del otro lado del charco se había logrado la unión entre los países asiáticos de mayor poder, armamentos y tecnologías en el plano terráqueo. La Gran Muralla no permitiría esta unión.

Creía y afirmaba que la unión era para derrocar su imperio. Así que se reunieron el presidente de La Gran Muralla y el mandatario nacional de este país. En su presencia, se convirtieron las calles de esta ciudad en las más seguras del mundo. El Presidente extranjero comentó sus intenciones de manera clara y directa. Preguntó si la Metrópoli estaba de lado de La Gran Muralla o en su contra, advirtiendo que de ser la respuesta negativa, la miseria y muerte se apoderarían de cada rincón de la monumental ciudad. Como si esto no fuera algo ya común en las calles de la Metrópoli, cobardemente el mandatario cedió ante la presión del mezquino dictador extranjero.

Inmediatamente después, en rueda de prensa se dio a conocer la unión de La Gran Muralla con otros cuatro países, a fin de combatir y declarar la guerra a la unión asiática. Entre ellos, La fuerte Anglosajona, El imperio Británico, la siempre Bélica y poderosa Federación Roja Comunista y la más débil de todas: La Metrópoli.

 
De pronto, alguien irrumpe de manera violenta en la habitación.

–¡Ricardo! ¡Alístate! ¡Ya vienen! –El abuelo asiente con la cabeza.
–Nenas, acabó la historia de hoy. Ya saben qué hacer.
–¡No te vayas, abuelo!
–No discutan, pronto les contare otra historia.

El corto debate finalizó fundido en un fuerte abrazo, calmando la preocupación de las pequeñas Leonor y María; pero el abuelo ya no volvió.

Por Christian García

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