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Negros pétalos de terciopelo

Ella era una tranquila y limpia sala de espera, soleados días y horribles padres. Ella era una muñequita, un zafiro, una delicada rosa ...

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viernes, 21 de noviembre de 2014

Sueño fugaz

Un día de estos…
el viento intruso de tu ventana
susurrará tu nombre,
peinará tus sueños.
El tiempo nos sentará en su ala,
volaremos juntos, sin ataduras,
planeando suavemente
al pie de los pastizales,
refrescándonos
con la lejana brisa
de tempestad urbana…

La luna es buena antorcha.
Tu ser mi más dulce sueño…
 
Un día de estos….

Por Christian García

Los Nadie

Quizás sea un sueño radical
buscar solidaridad,
que nadie olvide luchar
contra lo que le oprime.

Que no sea una mentira un nuevo despertar.
Que no sea un delito el poder pensar.
Que morir de pie sea un honor,
frente al horror de vivir sometido.

Que se vendan caros los sudores.
Que la única ley que exista
sea la de prohibir las patrias,
los dioses y los reyes.

Que cada quien tenga lo que necesite,
no las migajas que le arrojen.

Que no existan ningún ser ilegal.
Que se permita gritar sin censura.
Que se pueda besar sin medida.

Sentirnos orgullosos
de usar el corazón
en lugar de la razón.
Luchar por un mundo mejor.

Puede que todo esto
sea una banal Utopía;
pero no estamos solos…
Fortalecen nuestros lazos
obreros y campesinos.
Extienden fuerte sus brazos.

Porque ya son años
coleccionando decepciones,
derribando muros.

Porque somos mayoría
los que no tenemos sangre azul,
ni nobleza, ni linaje,
ni nada en los bolsillos;
vamos ligeros de equipaje.

Porque ya no hay nada que perder,
es tiempo de cosernos de nuevo las alas,
caminar unidos
y cobrar todas nuestras lágrimas.

Porque somos los de siempre,
 
somos los nadie…

Por Christian García

La Metrópoli

–¡Abuelo, cuéntanos la historia de la Metrópoli!
–No.
–¡Por favor, abuelo!
–He dicho que no.
–¡Por favor!
–Está bien.

Aunque no hay mucho que pudiéramos, mejor dicho, que quisiéramos, por más que rascáramos, rescatar de esa historia. Francamente es inservible y triste escarbar en los escombros de la antigua y monumental metrópoli.

La recuerdo bien, su centro con esa arquitectura de principios de siglo, reconstruida con ciertos tintes de esta era minimalista. El corazón de la ciudad iba a la vanguardia con otros países de la misma calaña para los ojos extranjeros. Ciertamente nunca se pudo desenmascarar su lado obscuro, mostrar lo siniestros que guardaban sus calles, ni siquiera aflojar un tornillo de la gran máquina malévola que habían creado. Así tenía que ser, así tenía que lucir, no había que dar pie a sospechas o críticas desfavorecedoras ante las potencias mundiales que podían arrebatarles, con un sólo dedo, todo lo que tenían. Con más terreno recorrido, más zonas controladas y vigiladas, más armas, más inversión en conocimientos y tecnologías, en otras palabras, con más poder, era mejor tenerlos de aliados y no de enemigos.

–¿Aún existe la gran Metrópoli, abuelo?
–Es de donde escapamos, Leonor. Allí nacieron ustedes; pero nunca podremos volver...
–Pero, ¡sólo eran ruinas y cenizas! ¡Montañas de basura y cientos y cientos de hogares abandonados y destruidos, abuelo!
–Dice la pequeña María.
–¡Parece increíble!, pero es verdad. Y toda esta destrucción sucedió en menos de 6 meses...

Todo comenzó en el sector poniente de la ciudad. Se reforzó la vigilancia en toda la zona, se aisló todo el terreno, tarea fácil cuando tienes el control absoluto. Mediante farsas, se ocultó el verdadero plan, con bombardeos subliminales y basura televisiva, a las mentes ya muy dóciles después de tantos años bajo sumisión y tortura visual. Llevaron tecnologías de punta a ese sector.
–¿Para qué eran las tecnologías, abuelo?
–Pregunta Leonor.

La gran campaña en radio, prensa y televisión, anunciaba que sería la nueva era, “la renovación de la metrópoli”, e iniciaba en ese sector. Nadie sospechó. Nadie que pudiera realizar algo que perjudicara el proyecto. Instalaron todo el equipo. Monitores, bocinas y cámaras ocultas. Llenaron de uniformes militares todo el territorio. Eliminaron del mapa y ocultaron toda ruta de acceso a esa zona, regaron en el viento su droga. Analizaron cada minuto de las cintas, cada comportamiento, reacciones, efectos secundarios, todo. Siguieron a pie de la letra el manual.
 
–¿Hacían experimentos? ¿Con quién? ¿Por qué? ¿Para qué, abuelito? –Pregunta consternada María.
–Lo hicieron con todas las personas que habitaban el sector. ¿Por qué? Fácil. Se aproximaba la guerra.

La droga afectaba directamente la motricidad del cuerpo, ocasionando, según la dosis, reacciones que podían variar entre una total inmovilización, descoordinación y falta de control en las extremidades, hasta daños cerebrales permanentes e irremediables, e incluso la muerte. Algo parecido a la epidemia de baile de 1518, ¿recuerdan cuando les platique de la Epidemia del baile?

–¡Sí! ¡La gente se movía hacia así!
–Y comienza a bailar chuscamente la pequeña María, provocando la risa del abuelo y de Leonor.
–¡Tsss! Recuerda que nos debemos de hacer ruido, Mary –comenta serio el abuelo.

¿En qué me quedé? ¡Ah!, ya recuerdo. Las reacciones iban aumentando gradualmente en duración y proximidad entre un ataque y otro. La intención era poseer un arma biológica capaz de afectar la reacción corporal, creando una traba en la movilidad, similar a la parálisis; pero sin necesidad de tener contacto directo con el enemigo, bastaba con inhalarlo.

–Nosotros no morimos, abuelo. ¿Por qué?

–Su abuela trabajaba en la enfermería del instituto nacional metropolitano, que controlaba y analizaba directamente el proyecto. Marian, yo y un grupo de amistades, enterados de la situación, no podíamos quedarnos con los brazos cruzados.

Sacaba información del plan, documentos importantes donde se explicaba cruelmente la intención del mismo, incluso consiguió el antídoto. Lamentablemente fue descubierta...
–se le quiebra la voz al abuelo; pero respira hondo y prosigue–. Por eso nos escondemos niñas, aquí estamos a salvo.

–¿Vamos a morir, abuelo?
–Pregunta seriamente Leonor.
–Aquí estamos a salvo, corazón, no dejaré que les pase nad...
–¿Por qué inició la guerra, abuelo?
–Pregunta e interrumpe al abuelo, María, como si no creyera lo que decía.
–La Gran Muralla, nuestro país vecino fronterizo, tenía firmes intenciones de crecer su imperio y territorio. Una preocupación latente como herida a flor de piel, los tenía seriamente ocupados en obtener mayores riquezas culturales, materiales y territoriales.

Del otro lado del charco se había logrado la unión entre los países asiáticos de mayor poder, armamentos y tecnologías en el plano terráqueo. La Gran Muralla no permitiría esta unión.

Creía y afirmaba que la unión era para derrocar su imperio. Así que se reunieron el presidente de La Gran Muralla y el mandatario nacional de este país. En su presencia, se convirtieron las calles de esta ciudad en las más seguras del mundo. El Presidente extranjero comentó sus intenciones de manera clara y directa. Preguntó si la Metrópoli estaba de lado de La Gran Muralla o en su contra, advirtiendo que de ser la respuesta negativa, la miseria y muerte se apoderarían de cada rincón de la monumental ciudad. Como si esto no fuera algo ya común en las calles de la Metrópoli, cobardemente el mandatario cedió ante la presión del mezquino dictador extranjero.

Inmediatamente después, en rueda de prensa se dio a conocer la unión de La Gran Muralla con otros cuatro países, a fin de combatir y declarar la guerra a la unión asiática. Entre ellos, La fuerte Anglosajona, El imperio Británico, la siempre Bélica y poderosa Federación Roja Comunista y la más débil de todas: La Metrópoli.

 
De pronto, alguien irrumpe de manera violenta en la habitación.

–¡Ricardo! ¡Alístate! ¡Ya vienen! –El abuelo asiente con la cabeza.
–Nenas, acabó la historia de hoy. Ya saben qué hacer.
–¡No te vayas, abuelo!
–No discutan, pronto les contare otra historia.

El corto debate finalizó fundido en un fuerte abrazo, calmando la preocupación de las pequeñas Leonor y María; pero el abuelo ya no volvió.

Por Christian García

sábado, 13 de septiembre de 2014

Nuevos cimientos, viejos recuerdos

Miras,
por la ventana del pasado,
los restos de una vida,
descalabros zurcidos 
con la saliva de varias lenguas,
eslabones rotos,
amistades claudicar,
amores caducar…

Telaraña de aprendizaje
forjada durante 26 otoños,
pues ningún ayer fue 
ni muy cálido… 
ni muy frío…

Los ideales petrificados;
mas no como fósiles, 
como estatuas sólidas,
pilares que resistieron
batallas inacabables
en tu mundo membranal,
a medio reconstruir.

Hoy, 
recapitulas.
Los escombros sobrevivientes
están ya, dentro del baúl,
desgastado y ligero,
como pluma de fénix…

El resto,
navega demasiado distante...
Nuevos cimientos, 
viejos recuerdos.

Por Christian García

Otro verso más

Mírate cara a cara
en el espejo del que miente.
Jala la cola al demonio,
que cuando tiene problemas
intenta beber cianuro.
Tú eres el hijo prematuro
de la esperanza del trotamundos
para ahogarte con pequeñeces.

A todos los problemas
muéstrales los dientes.
Fúmate las derrotas.
Observa los planetas,
al inmenso universo,
los miles de inocentes presos
Y tus libres brazos…

Destroza tu corazón envenado,
arrebátalo de las garras del pasado.
A tu razón quítale el candado,
tira a patadas la barda de tu prisión

Prefiere ser un loco
disfrutando de sus dosis de cordura,
que estar atrapado
en este mundo de censura.

Ahora

Ahora,
sin la mesura insoluble de un mapa invisible
contemplado desde las nueve cimas
desde el eneagrama de constelaciones y dudas.

Ahora,
ya sin el relámpago marchito
por la neblina del olvido,
ahora sin la covacha hundida
por enlamados recuerdos.

Ahora,
sin palabras y cigarrillos chillantes
como el rechinar inconsciente de los dientes
de un infante,
centinela vigilante de la noche con cándida inocencia.
 
Ahora,
sin el crujir incesante de los prados
ya no tan verdes,
sin ese donaire que figuraba como postal,
ahora ya sin el aire suspirando por tu espalda
provocando tumultos de fuego sobre tu piel…
ahora, ya sin ti.

El Gran Hernando

Juró que volvería. Entonces yo reía mientras él moría. Aun moribundo reía a carcajada suelta, escupiendo sangre por la boca. Mientras más clavaba el puñal en su espalda, más fuertes eran sus carcajadas. Agonizante, dijo que eliminara cuantos hombres quisiera, cientos, miles:
“Esto no es cuestión de hombres, es de ideales”– dijo antes de desvanecerse.

No me importó. Mostré su cadáver ante todo el pueblo. Lo mutilé y guardé su cabeza como trofeo. Busqué y aniquilé a todo simpatizante. No permitiría que nada ni nadie derrocara mi imperio. Pero él nunca murió.

Se multiplicó, fue como una plaga, como cucarachas asquerosas que miraba por doquier. Se organizaron, se escondieron y fortalecieron. Lo nombraban y veneraban como “Hernando, El Grande”. Eso me enfureció, ¡Yo soy su rey! ¡No el cadáver que cuelga en mi estudio!

Maté y torturé a placer a cada cabecilla. Al interrogarlos y preguntarles quiénes eran, todos respondieron lo mismo: –“¿No me reconoces? ¡Soy yo! ¡Tu pesadilla! ¡Soy Hernando, El Grande!”.

Tenía todo el poder a mi lado; pero era yo el asustado. Al cabo de una semana, se reunieron miles en la plaza de mi mansión. Estaban armados y furiosos. Mis guardias no pudieron contener la oleada de Hernandos.

No sabía qué hacer, se invirtieron los papeles, ahora era yo el perseguido. Intenté escapar; pero ya tenían asegurado cada sector de la mansión, cada escape, cada vía de salida. Sucedió lo inevitable, me capturaron.

Al final, me entregaron con un joven alto, de tez trigueña, esbelto, de melena obscura y mirada cálida y penetrante. Al verlo, lo supe de inmediato. Ese maldito lo cumplió, estaba de nuevo frente a mí. Era otro cuerpo, otra persona; pero la misma mirada, los mismos gestos, la misma causa.

Me miró a detalle, de pies a cabeza y su mirada por fin se encontró con la mía.

Sin vacilo, sacó un machete y de tajo arrancó mi cabeza.

“Creí que al deshacerme de Hernando, se acababa todo, era libre de hacer lo que quisiera a mi voluntad y conveniencia. Qué ingenuo fui”.

“Nunca lo maté, Nunca me deshice de él”, todo lo contrario. Al deshacerme de su cuerpo, se convirtió en una leyenda… Se hizo inmortal.

Por Christian García

martes, 1 de julio de 2014

En un rincón, de rodillas

En un rincón, de rodillas,
afuera la lluvia de fuego.
Las madres rogando clemencia,
como la luz el ciego.

Matar para callar, las bocas censurar.
Un cuerpo muerto ya no pide pan.
Tanto hijo de puta que lleva las manos rojas.
Es el poder militar…

El mismo que les permiten robar
las tierras al jornalero,
los bolsillos del obrero.
Viviendo del sudor ajeno,
protegiendo lo material.
 
Miles de cuerpos caídos
murieron sin saber por qué.
Murieron encapuchados,
en un rincón, de rodillas.

Muy fácil es disparar al desarmado
cuando se tiene de lado al poder.
Una guerra interminable
en tierras de eternas cadenas,
donde queda de lado la fe,
tierras sin sonidos de sirenas.

Niños escondidos en sus habitaciones.
Héroes de guerra apuntando sus cañones
esperando la señal, su bandera ondear,
la sangre derramar.
Torcida justicia,
un arma y un imbécil.

Añeja costumbre
de joder a los de abajo,
les han dejado sin trabajo,
sin tierras, sin familia,
y ahora quieren,
robar su libertad…

Miles de cuerpos caídos
murieron sin saber por qué.
Murieron encapuchados,
en un rincón, de rodillas.
Afuera la lluvia de fuego.
Las madres rogando clemencia,
como la luz el ciego.

Por Christian García.

Epitafio del Revolucionario

Recuerda
afilar tu espada, desenvainar tu coraje…
y cuando llegue la hora de hacer el último viaje,
fusionarse con la tierra y ser un puñado más de arena.
Recuerda…

Que al morir como incansable guerrero,
después de estar inerte y sin vida, tendido en el suelo,
abrirás tus ojos de nuevo,
te tenderá la mano un amigo lejano;
abrazarás a tu madre de nuevo;
te estará esperando tu musa,
compañera de batallas; tu hermano.

Verás al libertario ondear firmemente su bandera blanca,
a un sonriente náufrago sin patria,
a una niña de tez morena
jugando felizmente en el valle de la esperanza,
me veras a mí,

a todos esos… que el destino los alcanzó,
pero ni el cansancio…
ni el hambre…
ni la injusticia…
los venció.

Por Christian García.

Yo me quedo contigo…

Si me das a elegir entre ti y el paraíso,
la aurora del mar fronterizo,
un rincón del sol con cobertizo,
yo me quedo contigo…

Si me das a elegir
la estela de un cometa,
ser el más grande atleta,
visitar Saturno y su glorieta,
me quedo contigo.
 
Si me das a elegir
resurgir del infierno,
para un vuelo eterno,
eliminar a los siervos,
yo te elijo a ti…

Porque contigo es fácil
brillar incasable,
como estrella en el firmamento.
Caminar firmemente, por más fuertes
que sean los vientos.

Contigo quiero conocer Venecia.
Ser un vándalo espacial,
que ayuda a los enfermos
a sonreír sin anestesia.

Contemplar el mundo
Desde sus más grandes cimas,
el relámpago que ilumina el clima,
admirar los primeros destellos del sol,
respirar hondamente 
el perfume de la flor
de nuestro jardín secreto,
luchar por un mundo mejor…
 
Por eso y mil cosas más,
yo me quedo contigo…

Por Christian García.

viernes, 20 de junio de 2014

Traficante de autoestima

Búscame en cualquier esquina.
Hoy seré traficante de autoestima.
¿Necesitas cirugía? Revisemos.

A ti que estás bien parado,
a los perros maltratados
y marionetas amaestradas,
atrapadas,
en el rol de los estrados.

Amas de casa menospreciadas,
cansadas de lavar escusados.
Niños golpeados olvídense del dinero.

No recibo donaciones,
ni cuento con cuenta bancaria.
Mi talento,
es ayudarte a autoamarte.

Un difícil arte
cuando está abarrotado
el sentimiento.

Te invito a soñar.
Mas tendrás que despertar,
pues este verso lírico
no es más
apuesto que cínico.

Aprenderemos a volar
sin necesidad de motor.
Einstein antes que científico
fue el más grande soñador.

Espectador del folklore que te rodea,
coge la lapicera,
inicia tu odisea,
gira tu imaginación
en la esquina tercera.
Encontrarás,
el viñedo de San Juan,
ó la más bella quimera.
 
Cualquiera que fuera
la trinchera en tu corazón,
abrocha tus agujetas,
hoy bailaras con tus ideas
el mejor danzón.

Por Christian García

martes, 6 de mayo de 2014

Entre Danzones y Huapangos

En la barra del bar,
se afina el repertorio.
Incisivas melodías
donde el bochorno no tiene lugar,
y a los corazones hace cirugías.

Entre el azar y el danzón,
los cuerpos empapados de sal
no cesan de bailar…

Sones trovas y guapangos
reviven con osadía
pasados recuerdos…
Un mal de amores,
un viejo soneto
de pasiones y rencores.
Un rompecorazones,
una rosa entre sus dedos,
una dama hipnotizando
con el vaivén de sus caderas,
meciéndose, seduciendo…

Al ritmo pasional del tumbao,
la rosa finamente, de repente.
Su melena adorno.
El rompecorazones así la enamoro…

Al sonar de la lira,
todo tema es libreto.
Aunque parezcan sin sentido,
del malestar es remedio.

Y de las penas llorando reímos.
A la luna ponemos velo,
cuando el horizonte
de fuego rojo pinta el cielo…

Cuando la pasión se viste de polizonte
y anhela la noche…
como la luz, el ciego.

Por Christian García.

¡Vive!

Desafía al mismo Satán a un verso,
si recobrar el infierno es tu meta.
Aférrate a la estela
incandescente de un cometa.
Conecta tu jornal nocturno,
la primavera vuélvela invierno.

Oriundo de la tribu de los Moribundos,
Vive en la guarida, Frágil burbuja.
Si tu herida es la vida.

Únete a los zombis de cualquier religión,
es tu decisión, condénate al amen.
Aférrate en encontrar la nueva Jerusalén.
Haz fila por tu lugar en el Edén.

Eyacula tu odio más sincero
al lobo que te confundió con un cordero.
Roba la gallina al jornalero,
saca tu niña interior del ropero
si eso te place, si así te sientes entero…

Mas vive con fervor, prendiendo fuego
a tu rabia interior, y no con pavor,
condenado a vivir, infeliz y con temor.

¡Vive!

Por Christian García.

Cualquier cosa, menos un traidor…

Brota discreto
uno que otro pelo idiota
regado en la cabellera escasa
del mogollón judicial.

Increíble y vulgar rutina,
común zanja de asfalto,
atrapar una carente vida,
llenar vacios con alcohol y cocaína.

Arrebatar
un pedazo de alegría ajena,
masticarla, y escupirla.
Mezclar con saliva
carente de papilas
y vómito azul uniformado,
bien lustrado,
para tener al pueblo,
reprimido y controlado…

Violar la promiscua noche,
eliminar,
cualquier mancha de evidencia.
Recorrer lo más recóndito
y oscuro del abuso.

Ocultar el llanto de tortura,
ahogar en mares de alcohol,
la conciencia ya sorda,
insensible,
derrapando en tan frágil burbuja
para así, depurar la técnica.

Que importa los caídos,
llevan consigo,
el gafete autorizado,
el zapato bien lustrado,
el mazo de autoridad.

Tráfico de bestias,
perros fieles al silbido,
alistando el ladrido.
Cavernícolas,
con el hueso bajo el brazo,
derramando pena ajena,
acumulando el rencor del karma,
fastidiando al sol,
asaltando a la luna…

Apostando el orgullo y la vida
por un puñado de hijos de puta,
que convirtieron
Avenida Independencia
en callejón sin salida.

Un juego de azar,
contra el hambre de ser alguien.
Ganar el placer momentáneo,
vengarse del puto pasado
a cambio de esclavizar el alma…

Y morir detrás,
de un maldito uniforme,
una y otra vez,
cada día, cada caída.
Mil veces llorar contra el espejo,
y mil veces destrozarlo,
hasta pulverizar
el maldito recuerdo,
la promesa a ti mismo
de ser cualquier cosa
menos un traidor…

Por Christian García.

martes, 18 de marzo de 2014

Guadaña

Ruidos violentos
a los pies de tus aposentos.
No puedes describir tales sonidos.
Renace el temor a los gemidos.

Por las noches, esas lenguas extrañas,
como desenterradas, las sábanas pesadas, la inmovilización.
Tu esposa en cama contigo, aterrada.
Un niño sentado en el filo de la cama
dibujando una crucifixión.

No te explicas las visiones, las voces, similares a un distorsionado acetato,
las malditas apariciones, el retrato
de una familia en su vejez
escondido en la vieja habitación.

Las sombras que recorren
de vez en vez, la pestilencia.
Los estigmas y susurros
que te enchinan la piel.
 
Algo malévolo recorre tu habitación,
como la vez que soñaste tu velorio.
Al despertar; las velas por doquier
en el dormitorio…

Quieres creer que es pura sugestión;
pero la señora caminando en el pasillo
no fue producto de tu imaginación.

Reaccionas y abandonas esa casa
que a la ruina conducía tu felicidad.
Buscas un mejor lugar
en donde pueda crecer tu hija…

En el kilómetro cuarenta y tres,
el susurro en el oído es insoportable.
Del ambiente se apodera el estrés.
En el asiento trasero, al lado de tu hija,
una tabla ouija…

Inexplicable tal suceso.
La neblina en el camino
dificulta tu manejo.

Miras por el espejo,
mera precaución.
Allí estaba sentada, una señora de mueca grotesca que
con la mano te dice adiós.

Los nervios destrozados,
el camino invisible.
¡Hazlo! ¡Hazlo! Dice el sonido.
Sólo para ti es audible.

Un fuerte estruendo.
Pierdes la noción.
Al despertar,
observas con horror
los cuerpos marchitos de tu familia,
de la pequeña Emilia…

Es hora de marcharnos,
dice la señora, cargando su guadaña,
ahora soy yo, la dueña de tu alma.

Por Christian García

Hijos de la calle

Surcando los terrenos habituales,
despellejando la propia piel,
celebrando sin pretexto alguno,
bebiendo la noche.
El néctar prohibido del horario,
excitando cuerdas vocales ajenas 

de algunos que se dicen cuerdos,
con melodías temerarias, de barrio.
Himnos sin bandera patriota
dejando volar algún mal rato
con el humo de cigarrillo,
con la cresta sacudiéndose,
bailando al filo de la muerte,
fabricando bombas molotov con frases incisivas.

De noche toda navaja es gato pardo,
escondida en la sabana de smog,
dispuesta a matar a salud de un vulgar vicio.
Nosotros reunidos, dispuestos a enviciarnos de hermandad.
Hijos de nadie… Hijos de la calle.

Por Christian García

La Paz

El silencio era sepulcral, las paredes frías y oscuras. Nada entraba ni salía, excepto los guardias. Nunca supe exactamente cuántos éramos. Los malditos muros no dejaban pasar ni un susurro, sólo existía un pequeño espacio entre la puerta y el suelo. No sé cuánto tiempo llevaba encerrado, únicamente sabía que me había vuelto viejo. Las erupciones en mi piel cada vez eran más grandes, repugnantes, el moho en las paredes se había adherido a mí, dándome un aspecto leproso, ya no quedaba un sólo vello en mi cuerpo. Las cicatrices con aspecto de putrefacción, ya no cerraban. Estaban tan picados mis brazos por esas enormes agujas, que tenían un color morado oscuro, ya no los sentía.

Todos los días me sacaban del maldito agujero para experimentar conmigo como un ratón. Recorría los pasillos con dos guardias, uno por brazo, encapuchado y encadenado. Las cadenas en los pies nunca me las quitaron. Las de mis brazos nada más para la sesión. Nunca entendí una palabra, hablaban un idioma gutural. La capucha me la quitaban al momento de iniciar, seguro querían cerciorarse que aún diera alguna señal de vida, o disfrutar hasta el último momento el sádico espectáculo. La sesión comenzaba con las descargas, podía oler ese hedor parecido al pollo, la ironía es que era mi piel. Después soltaban esos gases, en ese momento, perdía el conocimiento.

Una vez desperté con una gran costura en la barriga. Al parecer introdujeron algo dentro. Otra, con un brazo incrustado sobre un costado de mi espalda (sí, ¡un brazo!). Intenté mil veces suicidarme, todas sin éxito. No por falta de ánimos sino porque los hijos de puta no dejaban que culminara con éxito. Eran muy hábiles para la resucitación.

Se acercaba la hora de nuevo para mi tortura; pero a cambio de guardias, se escuchó un estruendo ensordecedor, al parecer una detonación. Me asomé por debajo de la cloaca para divisar lo que sucedía. Únicamente observé vagas sombras, las cuales se movían rápida y ordenadamente. Parecían pertenecer a algún escuadrón armado. Mi primer sentimiento fue de alivio, el cual se esfumó al escuchar los disparos. Después sentí miedo y al final, resignación. Tiraron la puerta con una descarga de su artillería. Entraron tres hombres con casco y uniforme apuntándome con sus armas. Exclamó uno de ellos:

-¿Tus últimas palabras?- Dijo el hombre sin vacilo.
-¡Los espero en el infierno!- Grité a carcajadas.


Vaciaron sus armas sobre mí. Y hasta ahora, en el lecho de mi muerte, entiendo lo que es la paz… La ausencia del dolor.

Por Christian García

Libertad y Victoria

México, tierra brava, combativa de raíces, guerrera por esa virtud universal de defender lo que uno ama, llena de cultura y tradición; y también, a su vez, de desgracias y abusos, de tristes sucesos que culminaron con sangre innecesariamente derramada por la cobardía y soberbia de unos cuantos que se hacían llamar revolucionarios, aunque la historia escrita proponga otra realidad.

La historia la escriben los vencedores; pero en el caso de esta tierra no la escribieron los honorables. Y peor aún, lo que existió como verdad y victoria ante la opresión del brazo ajeno, hoy se revuelca en el escombro del pasado, y el presente esconde y destruye toda evidencia del suceso más ruin y despreciable hacia su propio pueblo en los últimos 50 años, los vende como baratija de subasta a la inversión extranjera, modificando artículos de la constitución para poder llevar a cabo su plan como el 27, que si hacemos un recuento ya había modificado en 1991 Carlos Salinas de Gortari, mismo que los propios medios de comunicación mostraron detrás de la campaña del actual Presidente, (el cual no merece la pena ni mencionarse por ser una simple marioneta más preocupada por no equivocarse en público y cumplir con su agenda que por defender los intereses del pueblo) vendiendo terrenos ejidales a multinacionales y dejando desprotegidos y sin trabajo a miles de agricultores y ganaderos.

Se protegen con sus leyes, se defienden con sus armas, desarman movimientos de autodefensas. Augurando miseria y explotación, e ignorando la sed de libertad y hambre del ciudadano de vivir únicamente con lo que le corresponde, y no con las miserias que se le ofrece casi en plan de burla y los arroja a una especie de esclavitud moderna, por la infeliz ambición de un  puñado de hijos de puta.

¡Libertad y Victoria! para todos los opositores, para todos los que luchan diariamente en el anonimato, a todo el cuerpo de obreros y trabajadores que sostienen a este país y que nadie se entera.

Por Christian García

viernes, 31 de enero de 2014

La venganza

Judas entró a mi habitación
ansioso y jadeante,
a golpearme y follarme.
Cuando obtuvo lo que quiso,
no dudo en abandonarme.
Y juré vengarme…
Hoy escribo este poema,
con tinta roja de su sangre…

Christian García


La postal


Esa mañana, el clima decidió sonreírle al cielo y ayudó a desahogar sus lágrimas, bien recibidas por el veraniego día y, allí va, caminando sin prisa. La calle que a diario recorría, hoy pareciera se quitó el traje del folclore citadino y regalaba un cierto aire colonial. El viento hacía silbar suavemente las hojas de los árboles, las mecía con la ternura de la madre a un crío, los charcos en el suelo reflejaban como espejos, los destellos solares que lograban traspasar la fina barrera de algodones grises y su diadema de colores, bello mural. No importaba el tiempo, saboreaba cada paso realizado con el fino mecer de la leona, con la mueca en la sonrisa que sólo portan los enamorados. Lo sabe, sintió su mordedura suave, fulminante, lo sabe esa mañana de postal, su boca, su sexo. El amor volvió a su puerta… Esta vez lo dejó pasar.
 
Christian García